No era amor… era ajedrez con espinas.
Uyuyú… ahora es. Ramona creyó que esta vez sí. Que por fin había llegado alguien con alma. Alguien que hablaba bonito, sonreía suave y la miraba como si fuera poema. Pero resulta que no era amor… Era estrategia. Él no llegó a quedarse. Llegó a estudiar el terreno, a moverse con cuidado, a decir lo justo, y a sacar lo que podía. Y Ramona, con su alma sin filtros y su ternura en bandeja, le abrió la puerta, el corazón… y hasta la agenda. Le creyó los silencios, los “te pienso”, los “contigo me siento en paz”. Pero cuando encontró una jugada mejor, cuando ya no le convenía seguir jugando con ella, le dio jaque mate. Así, sin remordimiento. Sin una explicación. Y sin una sola gracia. Y sí, dolió. Dolió ver cómo lo que parecía flor… era un cactus con colonia. Pero Ramona no se quedó ahí. Porque una cosa es caer… y otra, muy distinta, es quedarse caída. Ella entendió que el error no fue amar. Fue entregarlo todo a quien solo vino a jugar. El amor no se pierde, Ramona. Se transforma. Ese tiem...