No era amor… era ajedrez con espinas.

Uyuyú… ahora es.
Ramona creyó que esta vez sí.
Que por fin había llegado alguien con alma.
Alguien que hablaba bonito, sonreía suave
y la miraba como si fuera poema.
Pero resulta que no era amor…
Era estrategia.
Él no llegó a quedarse.
Llegó a estudiar el terreno,
a moverse con cuidado,
a decir lo justo,
y a sacar lo que podía.
Y Ramona, con su alma sin filtros y su ternura en bandeja,
le abrió la puerta, el corazón… y hasta la agenda.
Le creyó los silencios, los “te pienso”,
los “contigo me siento en paz”.
Pero cuando encontró una jugada mejor,
cuando ya no le convenía seguir jugando con ella,
le dio jaque mate.
Así, sin remordimiento.
Sin una explicación.
Y sin una sola gracia.
Y sí, dolió.
Dolió ver cómo lo que parecía flor…
era un cactus con colonia.
Pero Ramona no se quedó ahí.
Porque una cosa es caer…
y otra, muy distinta, es quedarse caída.
Ella entendió que el error no fue amar.
Fue entregarlo todo a quien solo vino a jugar.
El amor no se pierde, Ramona.
Se transforma.
Ese tiempo, esa energía, ese corazón que parecía roto…
se reconstruyen.
Porque cuando llegue el amor de verdad y va a llegar
te va a encontrar despierta, entera
y con el alma bien vestida.
Al principio, Ramona pensó que lo había perdido todo.
Pensó que tal vez el amor no era suficiente.
Que quizás fue ella la que amó de más,
la que esperó de más.
Pero bastó un gesto,
una palabra mal puesta,
una indiferencia disfrazada de madurez,
para que se le cayera la venda.
Y entonces lo vio claro:
No era amor.
Era costumbre. Ego. Y un disfraz bien actuado.
Ramona abrazó un cactus creyendo que era flor…
y terminó con el alma llena de espinas.
Pero no se quedó ahí.
Porque hasta del dolor floreció.
Hoy no se regala donde no hay reciprocidad.
Ahora elige su paz, su valor y su alegría.
Quien aprendió entre espinas… ya no se deja pinchar dos veces.
Su lema es claro:
“No soy tu enemiga, pero tampoco soy tu amiga.”
Simplemente… aprendí a quererme más.
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