Ramona y el Límite Invisible de la Empatía
Ramona y el Límite Invisible de la Empatía

Por Ana Ramona Fermín de Saavedra
Contadora | Administradora | Especialista en Gestión Humana
Creadora de Las Travesuras de Ramona
Ramona siempre pensó que ser empática era su mayor virtud.
Y lo era.
Escuchaba sin interrumpir. Sostenía silencios incómodos. Justificaba actitudes ajenas con frases como:
“Seguro está pasando por algo.”
Y cuando alguien la trataba mal… callaba. Porque entendía. Porque era comprensiva. Porque no quería herir.
Hasta que un día, después de una conversación que le dejó el pecho apretado, se escuchó diciendo algo que no le gustó:
“Es que yo aguanto mucho.”
Y ahí, en esa frase tan corta, entendió tanto.
Porque la empatía no debe ser una excusa para soportarlo todo.
Ni una justificación para tolerar lo que duele.
Fue entonces cuando comenzó un proceso profundo de inteligencia emocional.
Aprendió que no se trata solo de entender las emociones de los demás…
También de reconocer las propias.
De escucharse.
De hacerse caso.
De aceptar que hay límites emocionales que no deben cruzarse, aunque se comprenda al otro.
Ramona comprendió que su empatía debía incluirse a sí misma.
Que ser buena no significaba desaparecer.
Y que una mujer empática no es quien lo tolera todo… sino quien sabe elegir cuándo quedarse, cuándo hablar y cuándo irse.
Así inició su cambio de conducta.
Ya no justificó el irrespeto disfrazado de estrés.
Ya no respondió con silencio al maltrato sutil.
Y dejó de romantizar la idea de “aguantar” como signo de fortaleza.
Ahora, Ramona responde distinto.
Con firmeza, sin perder su ternura.
Con claridad, sin dejar de ser ella.
Porque aprendió que poner límites no la hacía menos empática. La hacía más justa… consigo misma.
Porque sí…
Ser empática no significa aguantarse todo.
Y la empatía, por más noble que sea, también tiene su punto final:
El amor propio.
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