Cuando el vacío ya es profundo.
Cuando el vacío ya es profundo
Hay un punto Ramona lo sabe en el que el silencio pesa más que las palabras y el vacío deja de ser ausencia para convertirse en verdad.
Es ahí cuando se cae la venda.
Cuando el rostro que amabas muestra su verdadera forma: fría, calculadora, enamorada del poder de la imagen, del lujo, de todo lo que brilla menos del amor.
No fue de un día para otro.
El amor no muere de golpe.
Se va debilitando cada vez que el ego gana, cada vez que la felicidad propia se impone sobre la dignidad del otro.
Y entonces lo notas: ya no estás frente a alguien que cuida, sino frente a alguien que humilla.
Que se burla del dolor ajeno.
Que necesita demostrar lo feliz que es aunque para eso tenga que recordarte una y otra vez que tú ya no importas.
El poder seduce más que el amor
cuando el corazón no sabe amar.
El poder no exige empatía,
no pide respeto, no reclama gratitud.
El amor sí. Y no todos están dispuestos a sostenerlo.
Así se levanta el muro.
Donde hubo ternura, ahora hay indiferencia.
Donde hubo entrega, ahora hay crueldad elegante sonrisas vacías y palabras que lastiman porque vienen cargadas de desprecio.
El vacío se vuelve profundo.
No es solo tristeza.
Es frustración.
Es decepción.
Es darte cuenta de que amaste con el alma
a alguien que solo sabía amarse a sí mismo.
Y cuando ya no queda nada que explicar,
ni fuerzas para reclamar, aparece un pensamiento íntimo, casi misericordioso: perdonarte.
Perdonarte por no haber visto antes.
Perdonarte por haber creído que quien perseguía poder también podía cuidar un corazón.
Perdonarte por haber confundido promesas
con amor verdadero.
No lo perdonas a él.
Te perdonas a ti.
Porque amar así nunca fue el error.
El error fue quedarte cuando el vacío empezó a hablarte.
Y aun con ese hueco en el pecho, Ramona se levanta.
No plena.
No en paz.
Sino consciente.
Porque cuando el poder vale más que el amor,
al final no queda victoria, solo una soledad ruidosa
y un vacío decepcionante que ninguna abundancia puede llenar.
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