“Ayer te vi… y no lo pude encontrar”

Ayer lo vio.

Y aunque estaba ahí —de carne, hueso y sonrisa prestada—, ella no lo encontró.

No lo encontró en la mirada, ni en el gesto, ni en esa voz que un día supo llamarla por su nombre como si fuera un secreto.

Ramona, traviesa como es, no lloró de inmediato.

Primero se rió.

Porque el corazón —ese bromista empedernido— le recordó cuánto se puede amar a alguien que ya no está… incluso cuando está a unos metros de distancia.

Se preguntó si él la vio también.

Si sintió ese cosquilleo travieso que hace temblar las manos.

Pero no hubo señales. Ni un titubeo. Ni una duda. Solo indiferencia vestida de rutina.

Y entonces entendió.

No siempre se pierde por ausencia.

A veces se pierde por presencia vacía.

Por estar sin estar.

Por mirar sin ver.

Así, Ramona se dio la vuelta. Con la frente en alto y el alma un poquito más sabia.

Porque ayer lo vio…

Y al fin, se vio a sí misma.

Y aunque el amor duele, la indiferencia también.

Aunque nunca hubo promesas, ni un “te amo” con todas sus letras, hay memorias que no se olvidan.

Porque cuando se conectaron piel con piel y esos abrazos fuertes, tibios, que hacen que el mundo se calle…

Eso fue amor. Sin decirlo. Sin nombrarlo. Pero tan real como el deseo que temblaba entre los dos.

Y aunque hoy finjas ser fuerte,

aunque nunca lo digas,

eso que vivieron siempre estará marcado en tu mente… y en tu corazón.

Uff … Es un misterio,

Cada vez que Ramona sueña y piensa en él, no entiende por qué esos sueños regresan a su memoria.

¿Por qué llegan con la carga de preocupación, de muerte, de nostalgia?

Aunque ya no haya una conexión íntima, algo en su corazón sigue vibrando con fuerza, y ella se pregunta:

¿Por qué es tan difícil olvidar?

¿Por qué, después de tanto tiempo, sigue siendo imposible borrar esos recuerdos?

¿Por qué, aunque la historia no tuvo un final feliz, Ramona siempre lo recuerda, y siempre lo tendrá en su corazón?

Porque hay amores que no se olvidan… no por su final, sino por todo lo que fueron.

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